mala sangre, rimbaud

Cuando leí el libro Iluminaciones y otros textos de Rimbaud, incluso cuando leí ese maravilloso libr o de Miller sobre Rimbaud que se llama El tiempo de los Asesinos. Me quedé con esa frase que en una de las traducciones de Mala Sangre dice: “Tengo el ojo blancoazulado de mis antepasados galos..”

Aunque en una traducción que se retoma en el sitio este en el que se realiza un análisis y reflexión sobre la vida de Rimbaud y su escrituras la traducción que toman es la de Raúl Gustavo Aguirre, “recogida íntegra en Poesía Francesa del Siglo XIX, editada por Centro Editor de América Latina”. Sanchez Sottosanto autor del blog dice algo interesante:”La puntuación sigue muy de cerca a la del original francés; tan de cerca que omite comas y puntos que aquella lengua no requiere y sí la nuestra”

Esta es la traducción de Mala Sangre, espero que les guste tanto como a mi.

De mis ancestros galos tengo el ojo azul-blanco, el cerebro estrecho y la impericia en la lucha. Mi vestimenta me parece tan bárbara como la suya. Pero yo no engraso mi cabellera.

Los Galos fueron los desolladores de bestias, los quemadores de hierbas más ineptos de su tiempo.

De ellos tengo: la idolatría y el amor al sacrilegio; – ¡oh!, todos los vicios, cólera, lujuria, – magnífica, la lujuria; – sobre todo mentira y pereza.

Tengo horror por todos los oficios. Maestros y obreros, campesinos todos, innobles. La mano de pluma vale lo que la mano de arado. – ¡Qué siglo de manos! – Jamás tendré mi mano. Además, la domesticidad conduce demasiado lejos. La honestidad de la mendicidad me contraría. Los criminales repelen tanto como los castrados: yo, yo estoy intacto, y me importa un cuerno.

¡Pero! ¿quién hizo tan pérfida mi lengua, al punto de guiar y salvaguardar hasta hoy mi pereza? Sin servirme para vivir ni siquiera de mi cuerpo, y más ocioso que el sapo, en todas partes he vivido. No hay familia de Europa que no conozca. – Hablo de familias como la mía, que todo lo tienen gracias a la declaración de los Derechos del Hombre – ¡Conocí a cada niño bien!

¡Si tuviese antecedentes en algún punto cualquiera de la historia de Francia!

Pero no, nada.

Me es bien evidente que siempre he sido [de] raza inferior. No logro comprender la rebelión. Mi raza no se alzará jamás más que para el robo: tal los lobos con la bestia a la que no mataron.

Recuerdo la historia de la Francia hija primogénita de la Iglesia. Hubiese hecho, siervo de gleba, el viaje a tierra santa; en la cabeza tengo senderos de los llanos suabos, visiones de Bizancio, murallas de Solima; el culto de María, la ternura sobre el crucificado, se despiertan en mí entre mil magias profanas. – Estoy sentado, leproso, sobre los tiestos rotos y las ortigas, al pie de un muro roído por el sol. –  Más tarde, reitre, hubiera vivaqueado bajo las noches de Alemania.

¡Ah! ahora: danzo el sabbat en un claro rojo, con viejas y con niños.

Nada recuerdo más que esta tierra y el cristianismo. No me hartaría de verme en ese pasado. Pero siempre solo; sin familia; incluso, ¿cuál lengua hablo? Jamás me veo en los consejos del Cristo; ni en los consejos de los Señores, – representantes del Cristo.

Qué era yo en el siglo pasado: sólo en el presente me reencuentro. No más vagabundos, no más guerras vagas. La raza inferior todo lo cubre – el pueblo, como dicen, la razón; la nación y la ciencia.

¡Oh! la ciencia! Todo lo hemos revisado. Para el cuerpo y para el alma, – el viático- tenemos la medicina y la filosofía, – remedios de comadres y canciones populares arregladas. ¡Y los divertimentos de los príncipes y los juegos que prohibían! ¡Geografía, cosmografía, mecánica, química!…

¡La ciencia, la nobleza nueva! El progreso. ¡El mundo marcha! ¿Por qué no habría de girar?

Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es certísimo, es oráculo, es lo que digo. Comprendo, y no sabiendo explicarme sin palabras paganas, preferiría callarme.

¡Vuelve la sangre pagana! El Espíritu está próximo, por qué Cristo no me ayuda, dando a mi alma nobleza y libertad. ¡Ay! el Evangelio ya fue! ¡el Evangelio! el Evangelio.

Espero a Dios con glotonería. Soy de raza inferior desde toda la eternidad.

Heme aquí en la playa armoricana. Que las ciudades se alumbren al crepúsculo. Fin de jornada; me voy de Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me broncearán. Nadar, triturar la hierba, cazar, fumar muchísimo; beber licores fuertes como metal hirviente, – como hacían aquellos bienamados ancestros alrededor del fuego.

Regresaré, con miembros de hierro, la piel endrina, el mirar furioso: bajo mi máscara, me juzgarán como de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces endebles que retornan de los países tórridos. Me meteré en affaires políticos. Salvado.

Ahora, estoy maldito, tengo horror a la patria. Lo mejor, es un sueño bien ebrio, sobre riberas de pedregullo.

No partimos. – Retomemos los caminos de aquí, cargado de mi vicio, el vicio que ha hundido sus raíces de desdicha en mi costado, desde que tuve uso de razón – que asciende al cielo, me bate,  me revuelca, me arrastra.

La postrera inocencia y la postrera timidez. Queda dicho. No más brindarle al mundo mis ascos y mis traiciones.

¡Vamos! La marcha, la carga, el desierto, el tedio y la cólera.

¿A quién me alquilo? ¿Qué bestia hay que adorar? ¿A qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué mentiras debo sostener? ¿En qué sangre patinar?

Mejor, guardarse de la justicia. – La vida dura, el embrutecimiento simple, – alzar, el puño desollado, la tapa del ataúd, sentarse, asfixiarse. Así, nada de vejez, ni de peligros: el terror no es francés.

– ¡Ah! tan desafecto estoy que a cualquier imagen divina ofrezco mis élans hacia la perfección.

¡Oh mi abnegación, oh mi caridad maravillosa! ¡Pero aquí abajo, sin embargo!

¡De produndis Domine, soy una bestia!

Siendo aún muy niño, admiraba al preso intratable sobre quien se encaramaban siempre las penitenciarías; visitaba los albergues y las habitaciones que él había consagrado con su paso; veía con su idea el cielo azul y el trabajo florecido de los campos; olfateaba su fatalidad en las urbes. Tenía más fuerza que un santo, más sentido común que un peregrino – ¡y a él, a él solo! por testigo de su gloria y de su razón.

En los caminos, por las noches de invierno, sin posada, sin ropas, sin pan, una voz asfixiaba mi corazón helado: “Debilidad o fuerza: hete aquí, ésta es la fuerza. No sabes ni adónde vas ni porqué vas, entra en cualquier sitio, responde a todo.  No te matarán más que si fueras cadáver”. Por la mañana tenía la mirada tan perdida y el continente tan muerto, que aquellos que encontré posiblemente no me vieron.

En las ciudades el fango súbitamente me parecía rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara circulara en la cámara vecina, ¡como un tesoro en el bosque! Buena chance, gritaba, y veía un mar de llamas y de humo en el cielo; y, a derecha,  a izquierda, todas las riquezas ardían como millares de truenos.

Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban interditas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una turba exasperada, frente a un pelotón de ejecución, llorando la desgracia de que no hubieran podido comprender, ¡y perdonando! – ¡Como Juana de Arco! – “Sacerdotes, profesores, maestros,  os equivocasteis librándome a la justicia. Jamás fui de este pueblo; jamás fui cristiano; soy de la raza que canta en el suplicio; no comprendo las leyes; no tengo sentido moral, soy un bruto: os equivocáis…”

Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una bestia, un negro. Pero puedo ser salvo. Vosotros sois falsos negros, sois maníacos, feroces, avaros. Mercader, eres negro; magistrado, eres negro; general, eres negro; emperador, sarpullido viejo, eres negro: bebiste de un licor sin gravamen, de la fábrica de Satán. – Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer. Inválidos y viejos son tan respetables que requieren ser  hervidos. –   Lo más astuto es dejar este continente, donde la locura deambula proveyendo rehenes a esos miserables. Entro al vero reino de los hijos de Cam.

¿Conozco siquiera la natura? ¿me conozco a mí mismo? – No más palabras.  Entierro a los muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza! No veo la hora cuando, al desembarco de los blancos, caiga yo en la nada.

¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!

Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Someterse al bautismo, vestirse, trabajar.

He recibido en el corazón el golpe de gracia. ¡Ah! No lo había previsto.

Jamás hice el mal. Los días me serán leves, el arrepentimiento me será ahorrado. No habré los tormentos del alma casi muerta al bien, donde remonta la severa luz como de cirios funerarios. La suerte del hijo de la familia, ataúd prematuro cubierto de límpidas lágrimas. Sin duda la lujuria es bestial, el vicio es bestial; la podredumbre, dejarla en un costado. ¡Pero el reloj no habrá llegado a sonar  sólo la hora del puro dolor! ¿Deberé ser alzado como un niño, para jugar al paraíso en olvido de toda desdicha?

¡Rápido! ¿hay otras vidas? – Dormir entre riquezas es imposible. La riqueza siempre ha sido un bien público. Sólo el amor divino concede las llaves de la ciencia. Veo que la natura es sólo un espectáculo de bondad. Adiós quimeras, ideales, errores.

El canto razonable de los ángeles se eleva del navío salvador: es el amor divino. – ¡Dos amores! puedo morir del amor terrenal, morir de altruismo. ¡He dejado almas cuya pena crecerá con mi partida! Me elegiste entre los náufragos, los que restan ¿no son mis amigos?

¡Sálvalos!

La razón me ha nacido. El mundo es bueno. Bendeciré la vida. Amaré a mis hermanos. Ya no son promesas infantiles. Ni la esperanza de escapar a la vejez y a la muerte. Dios es mi fuerza, y yo alabo a Dios.

El tedio ya no es mi amor. Las furias, las lujurias, la locura, de los que conozco todos los ímpetus y desastres, – toda mi carga fue entregada. Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia.

Ya no sería capaz de pedir el premio de un apaleamiento. No me creo embarcado para una boda con Jesucristo como suegro.

No soy prisionero de mi razón. Dije: Dios. Quiero la libertad en la salvación: ¿cómo lograrla? Los gustos frívolos se fueron. No más necesidad de altruismo ni de amor divino. No añoro el siglo de corazones sensibles. Cada uno tiene su razón, desprecio y caridad: retengo mi lugar en la cumbre de esta angelical escala del sentido común.

En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no… no, no puedo. Soy demasiado disipado, demasiado débil. La vida florece por el trabajo, vieja verdad: para mí, la vida no es lo bastante sólida, toma vuelo y flota lejos por encima de la acción, ese apreciado objetivo del mundo.

¡Cómo me torno solterona vieja, a falta de coraje para amar la muerte!

¡Si Dios me concediera la celeste calma, aérea, la plegaria, – como a los santos antiguos. – ¡Los santos! ¡los fuertes! los anacoretas, ¡artistas como ya no hay!

¡Farsa continua! Mi inocencia me haría llorar. La vida es la farsa  a llevar por todos.

¡Basta! este es el castigo. – ¡En marcha!

¡Ah! ¡los pulmones arden, las sienes truenan! ¡la noche rueda en mis ojos, a través de este sol! el corazón… los miembros…

¿Adónde vamos? ¿al combate?¡Yo soy débil! Los otros avanzan. Los útiles, las armas… ¡el tiempo!…

¡Fuego! ¡fuego sobre mí! ¡Allá! O me rindo. – ¡Cobardes! – ¡Yo me mato! ¡Me arrojo bajo las patas de los caballos!

¡Ah!…

– Me habituaré.

Esto sería la vida francesa, ¡la senda del honor!


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Acerca de Laura Elizalde

Escritora. Talleres de escritura creativa individuales www.escribiendoideas.wordpress.com
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Una respuesta a mala sangre, rimbaud

  1. Que belleza, que fuerza, que extraordinario!!!Tanto es el placer como la dificultad mía para dejar un comentario quietito que sólo diga cuanto me gustó!! Salto de texto en texto, diccionarios mediante y el mundo se me hace muy apasible e inmenso!!!
    Felicitaciones por los contenidos, son excelentes.
    Un abrazo
    Merci

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